¿Por qué perdonar a tus padres no siempre sana?
Recibir una disculpa puede aliviar, pero rara vez cierra por sí solo lo que quedó abierto.
Que un progenitor reconozca el daño y pida perdón puede ser reparador, pero rara vez basta por sí solo para sanar las huellas de la adversidad temprana. Esta revisión integra evidencia sobre experiencias adversas en la infancia, neurobiología del maltrato, terapia del perdón, evitación experiencial, autocompasión y apego seguro ganado, para sostener tres ideas. Primera: la adversidad temprana deja marcas duraderas en la regulación emocional, la respuesta al estrés y el apego, pero esas marcas no son permanentes ni deterministas. Segunda: el perdón interpersonal alivia, pero la integración de la herida es un proceso interno que no se agota en recibir una disculpa. Tercera: la sanación se asocia con permitirse sentir lo que antes no fue posible, elaborar el duelo por lo no recibido y construir una relación más segura y compasiva con uno mismo, a menudo con apoyo relacional o profesional. La evidencia es en su mayoría correlacional; se recomienda cautela y acompañamiento profesional cuando el sufrimiento es intenso.
La investigación sobre experiencias adversas en la infancia (Adverse Childhood Experiences, ACE) ha mostrado de forma consistente que la exposición acumulada a abuso, negligencia y disfunción familiar se asocia, de manera dosis-respuesta, con peor salud física, mental y relacional en la adultez. Los datos, sin embargo, no avalan una lectura determinista: el riesgo medio aumenta, pero la variabilidad de los desenlaces es amplia y está modulada por factores genéticos, contextuales y relacionales, además de por la neuroplasticidad y los procesos de resiliencia.
En este marco, el reconocimiento retrospectivo del daño por parte de la figura cuidadora se ha conceptualizado como una forma de reparación interpersonal, mientras que la integración de la herida se describe como un proceso intrapsíquico más complejo, que implica elaboración emocional, resignificación y cambios en la relación con uno mismo y con los demás. Esta revisión examina por qué lo primero, siendo valioso, no suele bastar, y qué procesos se asocian con la sanación en la vida adulta.
La adversidad temprana: huellas duraderas, no un destino
El estudio de Felitti et al. (1998) mostró que el número de categorías de adversidad se relaciona de forma graduada con múltiples problemas de salud en la adultez, desde la depresión y las conductas adictivas hasta la enfermedad cardiovascular. En el plano neurobiológico, la revisión de Teicher y Samson (2016) documenta alteraciones fiables en regiones implicadas en la detección de amenaza, la regulación emocional y la recompensa, así como cambios en los sistemas de respuesta al estrés en personas con historia de maltrato.
Ahora bien, estas huellas se organizaron con el tiempo y no equivalen a un destino fijo. El trabajo reciente de Tomoda (2025) subraya que parte de las alteraciones asociadas al maltrato parecen potencialmente reversibles: cambios funcionales y epigenéticos pueden modularse mediante intervenciones psicológicas, experiencias relacionales correctoras y prevención secundaria. La distinción es central y conviene sostenerla con precisión: duradero no significa permanente. La adversidad temprana configura vulnerabilidades y patrones de respuesta, pero el desenlace resulta de la interacción dinámica entre riesgo acumulado, recursos internos y oportunidades relacionales posteriores.
Por qué recibir una disculpa no basta: reparación externa y proceso interno
La terapia del perdón muestra efectos beneficiosos sobre la depresión, la ira y el afecto positivo, con tamaños de efecto de pequeños a medios (Akhtar y Barlow, 2018). Lo relevante, sin embargo, es que esos beneficios se asocian con el recorrido de elaboración de quien fue herido, reconocer el daño, trabajar la ambivalencia, redefinir la relación con el otro y consigo mismo, más que con la mera recepción de una disculpa.
La reparación externa tiene un límite estructural: quien cambia hoy no puede volver atrás y reescribir lo ocurrido. Una disculpa puede legitimar el sufrimiento y reducir la desconfirmación del propio relato, lo cual no es poco, pero no corrige retrospectivamente las carencias afectivas vividas. De ahí que el foco tienda a desplazarse hacia lo que la persona puede elaborar en el presente, incluso en ausencia de disculpa o cuando esta llega tarde.
Sentir lo que no se pudo sentir: evitación experiencial y elaboración
La evitación experiencial, la tendencia a evitar o suprimir emociones, recuerdos y sensaciones internas dolorosas, aun a costa de un coste funcional, fue propuesta por Hayes et al. (1996) como un proceso transdiagnóstico implicado en la génesis y el mantenimiento de múltiples formas de malestar. Refugiarse en la racionalización alivia a corto plazo, pero tiende a sostener el sufrimiento a largo plazo.
Frente a ello, los enfoques basados en la aceptación y la exposición emocional plantean que el contacto gradual y protegido con las experiencias internas temidas puede reducir la rigidez evitativa.
La idea clínica de permitirse sentir lo que antes no se pudo sentir, incluido un duelo por las necesidades no cubiertas, se apoya sobre todo en formulaciones teóricas y en evidencia indirecta, más que en estudios específicos sobre el duelo por la infancia como constructo aislado. Conviene distinguir entre la metáfora terapéutica, útil, y el hallazgo empírico directo.
Reparación desde dentro: autocompasión y regulación del estrés
La autocompasión, conceptualizada por Neff (2023) como la combinación de amabilidad hacia uno mismo, sentido de humanidad compartida y mindfulness ante el sufrimiento, se ha consolidado como factor protector frente al malestar psicológico. La revisión de Wakelin et al. (2022) indica que las intervenciones dirigidas a incrementarla reducen de forma significativa la autocrítica, y la revisión de mecanismos de Wang et al. (2025) sugiere que su asociación con mejores desenlaces psicológicos opera, en parte, a través de una regulación emocional y una respuesta al estrés más adaptativas.
Para quien arrastra una historia de adversidad temprana, desarrollar una relación interna más segura y compasiva puede funcionar como una suerte de reparentalización intrapsíquica. No sustituye a la reparación externa ni borra lo ocurrido, pero puede disminuir la activación crónica, modular la interpretación de los recuerdos y favorecer conductas de autocuidado.
Vías relacionales: el apego seguro ganado
El apego seguro ganado (earned secure attachment) describe a personas que, pese a experiencias tempranas negativas, llegan a desarrollar representaciones de apego seguras en la adultez. El estudio longitudinal de Roisman et al. (2002) observó que estos adultos describen de forma coherente relaciones infantiles difíciles y, a la vez, mantienen vínculos de pareja relativamente satisfactorios. La revisión de alcance de Filosa et al. (2024) advierte de la heterogeneidad del constructo, pero converge en señalar el papel de las figuras de apego secundarias, los contextos de apoyo y la capacidad de función reflexiva como facilitadores del tránsito desde patrones inseguros hacia organizaciones más seguras.
Desde esta perspectiva, romper el ciclo intergeneracional no consiste en negar el dolor ni en esperar que otro lo repare por completo, sino en usar las relaciones presentes más seguras como experiencias correctoras que, en interacción con el trabajo interno, contribuyan a reorganizar las expectativas relacionales y la respuesta al estrés.
Implicaciones y límites de la evidencia
La convergencia de estos campos sugiere que la disculpa de un progenitor puede ser valiosa en la medida en que valida la experiencia y abre espacio a nuevas formas de diálogo, pero no puede considerarse, por sí sola, un tratamiento suficiente de las huellas de la adversidad temprana. La reparación parece requerir un trabajo intrapsíquico y relacional sostenido: procesamiento emocional, resignificación, desarrollo de autocompasión y exposición gradual a vínculos más seguros, con frecuencia en el contexto de acompañamiento profesional.
Al mismo tiempo, la mayor parte de la evidencia disponible es correlacional o procede de ensayos con muestras específicas. No es posible afirmar con certeza causal que un proceso concreto, perdonar al progenitor, cultivar autocompasión o alcanzar un apego seguro ganado, garantice un desenlace determinado. Por eso los modelos actuales evitan las prescripciones normativas y privilegian abordajes sensibles al trauma, centrados en la agencia de la persona y en la multiplicidad de factores que configuran tanto el sufrimiento como sus caminos de sanación.
En resumen
Recibir una disculpa puede aliviar, pero rara vez cierra por sí solo lo que quedó abierto. Las marcas de la infancia son reales y duraderas, y a la vez no son un destino: se asocian con la posibilidad de reorganizarse a través de la elaboración emocional, la autocompasión y vínculos presentes más seguros. Sanar no es borrar lo que pasó, sino dejar de estar gobernado automáticamente por ello. Cuando el sufrimiento es intenso, conviene buscar acompañamiento profesional.
Este contenido tiene finalidad divulgativa y no sustituye la valoración de un profesional de la salud mental.
Muchas personas esperan, a veces durante años, que un padre o una madre reconozca el daño y pida perdón. Imaginamos que ese día por fin algo se cerrará. Y sin embargo, cuando llega, si es que llega, suele aliviar pero no curar del todo. Las heridas de la infancia no se borran con una disculpa, porque no viven solo en lo que el otro hizo, sino en cómo aprendimos a sentir, a protegernos y a vincularnos. Entender por qué el perdón no basta no es una mala noticia: es el primer paso para dejar de esperar fuera lo que se puede empezar a construir dentro.
¿Por qué una disculpa no basta?
La terapia del perdón puede aliviar la depresión, la ira y el malestar (Akhtar y Barlow, 2018), pero lo que se asocia al bienestar es el trabajo interno de quien fue herido, no el simple hecho de recibir una disculpa. Hay un límite difícil de saltar: quien cambia hoy no puede volver atrás y reescribir lo que pasó. Una disculpa puede validar tu experiencia y devolverte la sensación de que no te lo inventaste, y eso importa. Pero no rellena las necesidades que quedaron sin cubrir. Por eso el foco se mueve hacia lo que sí depende de ti en el presente.
¿Las heridas de la infancia son para siempre?
No. Dejan huella, eso es real, pero huella no es lo mismo que condena. La adversidad temprana se asocia con cambios en la forma de regular las emociones y de responder al estrés (Teicher y Samson, 2016), y a la vez la investigación reciente muestra que muchas de esas marcas pueden reorganizarse con el tiempo, con experiencias relacionales correctoras y con el apoyo adecuado (Tomoda, 2025). El cerebro adulto sigue siendo capaz de cambiar: lo contamos en detalle en este artículo sobre neuroplasticidad. Duradero, sí; permanente, no.
¿Qué significa sanar, entonces?
Sanar no es borrar el pasado, es dejar de esquivarlo. Cuando algo dolió mucho, es natural aprender a no sentirlo: nos refugiamos en la razón, en estar siempre ocupados, en el «ya pasó». Esa evitación alivia a corto plazo, pero mantiene el dolor vivo por dentro (Hayes et al., 1996). Elaborar la herida es lo contrario: permitirte sentir lo que en su momento no pudiste, incluido un cierto duelo por lo que necesitabas y no recibiste. No es quedarse a vivir en el dolor, es dejar de gastar toda la energía en evitarlo, para que deje de decidir por ti sin que te des cuenta.
¿Se puede reparar desde dentro?
En buena parte, sí, y por dos vías que se apoyan la una en la otra. La primera es la relación contigo mismo: la autocompasión, tratarte con la misma amabilidad con la que tratarías a alguien que quieres, se asocia con menos autocrítica y mejor regulación emocional (Neff, 2023; Wakelin et al., 2022). La segunda es relacional: existe lo que se llama apego seguro ganado, personas que, pese a una infancia difícil, desarrollan vínculos más seguros en la adultez, muchas veces gracias a relaciones de apoyo y a la capacidad de mirar la propia historia y darle un sentido (Roisman et al., 2002). Ninguna de las dos borra lo vivido. Las dos ayudan a que deje de gobernarte en automático.
En resumen
Que tus padres pidan perdón puede aliviar, pero rara vez cierra por sí solo lo que quedó abierto, porque la herida también vive en cómo aprendiste a sentir y a vincularte. La buena noticia es que esas marcas no son un destino: se asocian con la posibilidad de cambiar, sobre todo cuando te permites sentir lo que evitabas, te tratas con más compasión y te apoyas en vínculos más seguros. Sanar no es esperar la reparación de fuera, es construirla poco a poco, también desde dentro. Y cuando el dolor es muy intenso, pedir ayuda profesional no es rendirse: es cuidarse.
Este contenido tiene finalidad divulgativa y no sustituye la valoración de un profesional de la salud mental.
AvisoContenido divulgativo basado en evidencia científica revisada. No constituye consejo clínico ni sustituye la consulta con un profesional de la salud mental.
Bibliografía
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